¡Hola, familia bonsailera!

Se acerca el frio y debemos dejar todo listo y preparado para que nuestras colecciones no sufran daños, sobre todo, los tamaños más pequeños y las especies más sensibles a las bajas temperaturas.

Como por nuestra zona hace bastante frio en invierno, el jardín se sitúa al norte de la Sierra de Guadarrama, a 1100m de altitud sobre el nivel del mar y hasta los pinos de tamaño mediano los tenemos que proteger.

Así que este año hemos decidido dar un paso más dentro del invernadero incorporando camas calientes.

Para quien no lo sepa, una cama caliente es un sistema que proporciona calor en las raíces de las plantas para mejorar su resistencia al hielo, puesto que la temperatura no desciende hasta el umbral de congelación, también se usa para mantener una temperatura estable proporcionando las mejores condiciones para árboles trasplantados y, además se usa para “forzar” una primavera controlada en las plantas mejorando la eficiencia de la germinación de semillas o enraizado en esquejes.

En origen, se creaba mediante la fermentación de estiércol y las plantas se colocaban encima de una plancha de metal o cristal y algo de arena para evitar que el producto fermentado entrase en contacto con las raíces , de este modo, también se protegía a las plantas del exceso de calor proveniente de este sustrato caliente.

Ahora existen métodos más eficientes en la regulación térmica. Nosotros hemos usado el de resistencia eléctrica.

Encargamos que nos preparasen un par de ellas para colocar debajo de las estanterías, en el lugar en el que colocamos las plantas de acento más sensibles. El nuestro es un invernadero frio y cuando hiela fuertemente en el exterior, también lo hace dentro. Hemos registrado hasta -9ºC en el interior, de modo que había que hacer algo. Vamos a probar las mejoras porque la idea es ponerlas bajo todos los estantes. No necesitamos calefacción, solo que no hiele dentro y, de paso, poder aumentar la calidad del invierno para esas plantas más frioleras.

Veamos en imágenes cómo lo hemos hecho:

Las tripas del invento.

Lo primero que hicimos fue conectar en paralelo los dos controladores que constan de un regulador con termostato y un interruptor diferencial.

Una vez fijas las cajas estancas, colocamos la resistencia. Todas las uniones han sido termoselladas para evitar la filtración de humedad al cableado eléctrico.

Como el suelo tenía una malla antihierbas geotextil, pusimos ladrillo tabiquero y una capa de arlita para evitar que se pueda quemar. Aunque esta resistencia está autolimitada a 65ºC y no sube de ahí. Encima de esta protección colocamos de manera que quede cubierta casi toda la superficie, como este material es algo rígido, lo hacemos en espiral. Nos ayudamos de unos trozos de ladrillo para sujetarlo mientras rellenamos con arlita (se puede usar arena de construcción).

Metemos arlita hasta el borde y colocamos el sensor del termostato.

Es mejor no enterrar demasiado el sensor puesto que estaría demasiado cerca del calor. Lo ideal es que esté lo más superficial posible pero sin estar al aire para evitar falsas lecturas de temperatura.

Listo.
Hemos pegado las cajas al bloque de hormigón con un adhesivo multisuperficie.

Los cables entran por debajo siempre dibujando un arco de modo que si hay condensación de agua, esta se acumula en el punto más bajo de la curva y evitamos que pueda entrar la humedad al dispositivo.

Como la arllita es gruesa y algunas de las macetas son muy pequeñas, ponemos rejilla para alisar el sustrato.
Comenzamos a colocar las plantas.

La temperatura que indica es la del sustrato en ese momento. Si se activa, se ilumina un led a la izquierda. Del mismo modo se puede conectar un ventilador para disipar el exceso de calor.

Si os fijáis, la caja estanca está del revés. Esto, nos dijo el creador, es para evitar que se te caiga la tapa sobre las manos mientras estás ajustando los parámetros.

Esperemos que os sea de ayuda.

¡Feliz y cálido invierno!

David.

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